Resulta que los mundiales tampoco son territorio neutral cuando Donald Trump está en la ecuación.
El presidente de Estados Unidos confirmó esta semana que llamó personalmente a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, para pedirle que reconsiderara la tarjeta roja que el delantero Folarin Balogun recibió durante el partido de octavos de final contra Bosnia-Herzegovina.
Y la FIFA le dijo que sí.
LO QUE PASÓ EN LA CANCHA
El miércoles pasado, el árbitro brasileño Raphael Claus expulsó a Balogun en el partido contra Bosnia-Herzegovina. Con esa roja, el jugador quedaba automáticamente suspendido para el siguiente duelo: los cuartos de final contra Bélgica.
Pero el partido se jugará en casa. El Mundial es en Estados Unidos. Y en la Casa Blanca hay un presidente que no ve ningún problema en marcar el teléfono del máximo dirigente del fútbol mundial para pedir un favor.
Trump lo confirmó él mismo. No lo negó, no lo minimizó. Lo dijo.
LA FIFA CEDIÓ
El organismo rector del fútbol aceptó la reconsideración. La tarjeta roja fue anulada. Balogun podrá jugar contra Bélgica.
Aquí viene lo interesante: la FIFA tiene reglas explícitas sobre independencia deportiva y no intervención política. Los presidentes, los gobiernos, los patrocinadores, no pueden incidir en el desarrollo de una competencia.
Pero la regla y la realidad, en este Mundial, parecen operar en frecuencias distintas.
BÉLGICA, FURIOSA
La federación belga —el próximo rival de Estados Unidos— no se quedó callada. La indignación es abierta: su rival en cuartos de final tendrá disponible a su delantero gracias a una llamada presidencial.
No es un detalle menor. Es la diferencia entre jugar contra un equipo completo o contra uno con una pieza clave afuera.
¿Qué diría Bélgica si hubiera sido al revés?
¿Qué diría cualquier selección que no tenga la suerte de que su partido se juegue en el país más poderoso del mundo?
LA PREGUNTA QUE QUEDA
El fútbol tiene un principio básico que lo ha sostenido durante décadas: dentro de la cancha, todos son iguales. La pelota no distingue pasaportes ni fronteras.
Lo que pasó esta semana pone ese principio en entredicho de una manera que no tiene precedente en la historia de los mundiales.
Trump llamó. Infantino contestó. Balogun juega.
Y el resto del mundo observa cómo se administra la justicia deportiva cuando el anfitrión marca el número correcto.



