No los matan porque los odian. Los matan porque estorban.
Esa es la lógica detrás de los números que reveló El Universal: 28 políticos asesinados y 33 ataques registrados en lo que va del ciclo electoral en México. No son cifras abstractas. Son presidentes municipales, candidatos, regidores, activistas con cargo. Gente que alguien, en algún municipio, decidió que no debía seguir.
Y hay un patrón.
POR QUÉ AHORA
Los expertos consultados por El Universal son directos: el repunte no es coincidencia. Las agresiones crecen cuando hay elecciones porque el crimen organizado necesita controlar los municipios.
No las grandes ciudades, no los estados. Los municipios.
Ahí están las obras, las licitaciones, los permisos, los mercados, las rutas. Ahí es donde el dinero ilegal se lava más fácil. Ahí es donde una presidencia municipal puede abrir o cerrar puertas que valen millones.
Y si el candidato que va ganando no coopera, o si el que ya gobierna se puso difícil, la respuesta es la que siempre ha sido.
LO QUE HAY DETRÁS DEL NÚMERO
28 muertes suena a estadística hasta que entiendes lo que implica.
Cada uno de esos 28 era alguien que decidió meterse a la política local. Que fue a reuniones de cabildo, que prometió cosas en campaña, que tenía familia esperándolo en casa. Que un día recibió una amenaza, o quizás ninguna, y después no llegó.
Los 33 ataques que no terminaron en muerte son otra historia igual de grave: son mensajes. Sobreviviste esta vez. La próxima decides tú qué pasa.
Así funciona el control por miedo.
EL MUNICIPIO COMO CAMPO DE BATALLA
Resulta que la violencia política en México no apunta principalmente hacia arriba —hacia gobernadores, senadores, figuras nacionales— sino hacia abajo. Hacia el nivel más cercano a la gente.
Imagínense la paradoja: el gobierno más cercano al ciudadano es también el más vulnerable, el más expuesto, el que tiene menos protección y más presión.
Un presidente municipal en un pueblo de diez mil personas no tiene estado mayor. No tiene escoltas federales. Tiene, si tiene suerte, uno o dos policías municipales con equipo viejo.
Y frente a él, a veces, hay una organización criminal con recursos, inteligencia y voluntad de usarlos.
QUÉ SIGUE
El ciclo no termina con la elección. Termina cuando alguien que le conviene al crimen queda en el cargo, o cuando el que quedó entiende las reglas del juego.
Lo que no termina son los ataques. Porque el siguiente proceso electoral ya está en el horizonte, y los municipios siguen siendo el premio.
La pregunta que nadie ha respondido bien es cuántos candidatos decidieron no lanzarse. Cuántos que hubieran ganado, que hubieran gobernado bien, que se hubieran puesto en el camino de alguien poderoso, simplemente no llegaron a la boleta.
Esos no cuentan en las estadísticas de ataques.
Pero también son parte del número.



